Se acabó. Otro libro cerrado que puedo dejar descansar en el lado de la estantería de los libros tranquilos. En el otro lado están los nerviosos, los ansiosos por contar algo, los que tienen la mano alzada casi continuamente y buscan llamar la atención en todo momento.

150623_Libros-inquietos

Este que hoy cierro va a dormir ya en el ala tranquila de la biblioteca. Parece que empieza a equilibrarse el peso en los estantes, aunque solo aparentemente, ya que siguen entrando nuevos alborotadores de mano levantada, pidiendo la vez.

Los tres últimos que hicieron acto de presencia en el lado revuelto*, apenas estuvieron allí un par de días y en seguida pasaron a mis manos, me arrastraron por sus renglones y pasaron al reposo. Mientras ellos se han quedado descansados, yo he asumido la responsabilidad de sus historias y la carga de sus legados.

Ellos para mí han sido pequeñas muertes en vida, con sus momentos de éxtasis, el clímax bien repartido a lo largo de las páginas y la sensación de abandono al pasar la última página. Los tres, completamente diferentes, han intentado convencerme de que la comunicación a veces es imposible: se rompen los nudos que atan las cosas y ya no es posible expresarse.

¿Cómo puede intentar convencerte un libro, cuyas armas son las palabras, de que las palabras no tienen capacidad para sus luchas?

El concepto y la palabra libertad puede que sean lo más repetido a lo largo de las páginas de las tres historias. Resulta curioso y paradójico que cuanto más se adentraban en el argumento, más se coartaban, más se limitaban y menos libres se hacían, escritores, protagonistas, lectores.

Una vez llegados a la última página, la atadura es definitiva. Para los protagonistas no hay solución, están condenados a repetir sus hazañas, los mismos errores y las mismas victorias. El escritor y el lector tienen la oportunidad de pasar página, de escribir entre los renglones; aunque, no es fácil, solo tienen que mudarse al estante de los intranquilos.

*Los seres felices, de Marcos Giralt Torrente; Amarse con los ojos abiertos, de Jorge Bucay; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

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