Internet-agitaRecuerdo exactamente el día que Internet llegó a mi casa. Estaba en la universidad, tenía que hacer un trabajo en el que se pedía expresamente buscar una serie de términos en internet y enunciar el criterio bajo el que estaban ordenados, además de describir el proceso de búsqueda que habíamos seguido. Ese día, internet llegó por el cable del teléfono. La conexión fue de unos escasos diez minutos porque la tarifa de conexión era bastante alta. Después, poco a poco, se fueron introduciendo las tarifas planas y se fue haciendo habitual el uso de internet desde el hogar.

Al hablar de cambios, muchas veces es difícil determinar el momento exacto, a no ser que se trate de algo tan rotundo como una conexión espontánea a internet en tiempos de Maricastaña (imposible olvidar aquella musiquilla del módem) o un terremoto. El terremoto de 1755 de Lisboa cambió la ciudad completamente, impactó en la sociedad, la política y la economía portuguesas y supuso el nacimiento de la sismología moderna. El punto de inflexión, el momento exacto del cambio, en este caso concreto está bastante claro.

Cuando hablamos de periodismo, resulta más difícil determinar el punto concreto en el que la profesión comenzó a cambiar. Sí, internet fue un detonante del cambio, ¿pero en qué momento? ¿En el momento en el que nació? ¿En el que los periodistas lo comenzaron a usar como herramienta de trabajo? ¿O cuando llegó a los hogares de forma masiva?

El invento trajo nuevas maneras de ofrecer información, nuevas maneras de organizarla. Mi profesor de la universidad era consciente de cómo influiría internet en nuestra forma de buscar la información y se adelantó a ello con aquel ejercicio.

Otro de los elementos más interesantes en este nuevo escenario es la capacidad infinita de creación que otorga el uso de los enlaces. Es fascinante para el periodista, que puede construir historias en diferentes niveles, diversos soportes, con múltiples colaboradores y en tiempos asíncronos.

Las barreras entre géneros, antaño supuestamente estancas, se intuyen hoy día cada vez más frágiles (Díaz Noci, Javier y Salaverría Aliaga, Ramón. Manual de redacción ciberperiodística. 2003. P. 49).

En el gran océano de contenidos, sin seguir la linealidad de un contenido plano, el receptor puede escoger transitar por diferentes nodos (Díaz Noci, J. y Salaverría Aliaga, R. 2003. P. 34), dentro y fuera del contenido, siendo partícipe de la construcción del sentido, independientemente del sentido que se propusiera su productor.

Está claro que cuando Internet se hizo habitual en casa provocó que los ciudadanos tuvieran más protagonismo en la difusión de información y en el acceso a diferentes fuentes. Mientras que hasta entonces periodistas y medios habían gozado del privilegio de ser la voz cantante, desde ese momento (y ya de  manera imparable) cada ciudadano puede ser informador, crítico o comentador.

Puesto que los medios son predominantemente un negocio, las mismas tendencias generales que han transformado el mundo empresarial -es decir, globalización, creación de redes y desregulación-  han alterado radicalmente las operaciones mediáticas. (Castells, M. Comunicación y poder. 2009. P.109)

Así, desde aquel momento, un tanto etéreo, podemos establecer un punto de inflexión para el periodismo. Periodistas y medios han ido cambiando sus rutinas de producción (más fuentes, más diversidad, más contraste, más inmediatez) y de difusión (más competencia, más conversación, más inmediatez), aunque aún se estén reinventando (o se intente) los modelos de negocio (pago por contenido, financiación por usuarios –crowdfounding-, medios gratuitos, financiación por socios, publicidad…).

Internet, al democratizarse, ha agitado las bases del periodismo que conocíamos –aún hoy siguen crujiendo- pero también ha servido para ir devolviéndole el estilo reposado de aquel Nuevo Periodismo de la época de Wolf, Breslim, Didion, Talese… Como entonces, el mundo está patas arriba (Weingarten, Marc. La banda que escribía torcido. 2013). Aprovechando las conexiones cada vez más rápidas, la hiperconectividad (trabajo, casa, móvil), la ubicuidad (desde cualquier lugar) y la complejidad de la hipertextualidad derivada de la gran cantidad de fuentes, aparece de nuevo un periodismo de profundidad, como estilo que marca la diferencia entre la amalgama, devolviéndole protagonismo a la profesión.

¿Marcará este periodismo otro punto de inflexión?

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