No sigo a Xoel López desde hace mucho. He de ser sincera antes de comenzar a relatar su concierto en el Cafè del Teatre, dentro del cartel de las Live Sessions, en Lleida esta noche (3 de noviembre). He de ser sincera por ética profesional (aunque esto no es una crónica periodística, sino de bitácora) y también por ética personal. Tengo un disco de Deluxe (We create, we destroy), que hace tiempo desgasté de tanto escuchar, pero después no le seguí la pista. Y recientemente le he vuelto a descubrir en solitario.

Con su camisa de cuadros rojos y sus gafas de montura metálica fina, Xoel parece un hombre sincero. Todo lo sincero que un poeta puede ser. Ya dijo Pessoa, o poeta é um fingidor. En esa forma sincera de estar sobre el escenario se desvela que en algún momento pasado, Xoel tuvo que caer dentro de una marmita de palabras verdaderas o tuvo que tragarse a un poeta.

Este poeta, nacido en A Coruña, ha pasado por diferentes proyectos. En el concierto nos ha mostrado trazas de cada uno de ellos.

Xoel, a cuatro manos en la guitarra y, además, con la armónica se multiplicó por tres. Aunque Lovely Luna fuera un dúo. Dúo que formó con Félix Arias, y con el que fueron pioneros haciendo folk. Lo de las cuatro manos en la guitarra tiene nombre, pick…, no recuerdo como le llamó, pero nos explicó que le costó mucho aprenderlo y consistía en que parezca que hay dos guitarras tocando.

Después, cambio guitarra por piano y se convirtió en Deluxe, tocando una del disco Reconstrucción. De vino y espejos. Por fin, encontró ubicación para esta canción que estando con el grupo no encajaba en los conciertos más rockeros que hacían.

Y mientras tocaba Xoel, yo iba pensando que este hombre que parece sincero, parece también un hombre acompañado. Y no sólo por su voz. Él iba repasando su último disco, Atlántico, y multiplicando voces, haciéndose eco a sí mismo, coreándose en otro micro, acompañándose con ritmo de bombo o de cascabeles salidos de sus tobillos. De su frente goteaba rítmicamente el sudor de un concierto en acústico, ya dijo él: “se suda más en acústico”.

Xoel cerró los ojos mucho rato mientras cantaba Buenos Aires. La nostalgia de quien deja algo atrás o la morriña inherente al gallego (esa la conozco bien).  Regresó de allí hace tres días y esta era la primera vez que la interpretaba en concierto desde que cerró la puerta de su casa allá. Contó que la escribió para responder de una vez a todos los que le preguntaban qué hacía allí y también confesó que era una respuesta tan metafórica que no entenderíamos nada. Pero qué más da entender o interpretarle. Qué más da si se le puede sentir, cada cual tenemos nuestro propio Buenos Aires.

Una gota más calló sobre su hombro y volvió al escenario. Hizo un bis con el que él se multiplicó sobre las cuerdas de la guitarra, la armónica y los zapatos. Se dejó las últimas trazas de pieles, todas las pieles de todos los poetas que algún día Xoel se tragó. Este hombre no está solo, es un hombre acompañado.

 Xoel López ensayando una hora antes de comenzar el concierto.

Desenfocado y a oscuras. Con la intimidad del piano , pero bajo la mirada, también desenfocada, de algunos que usan la impuntualidad a la inversa. Xoel López ensayando una hora antes de comenzar el concierto.

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