“Hay una nueva realidad y hay gente que está inadaptada”. Juan Freire

El paisaje gallego suele recibir buenas críticas, el verde del interior, el olor a eucalipto y la costa son albo de los elogios en esas conversaciones. Las ciudades gallegas tienen sus más y sus menos, se llevan la palma las capitales de provincia y el resto intentan hacerse visibles con toques de atención más o menos fructíferos. Cuando te vas acercando a Castilla, se perciben a la perfección los rasgos que diferencian un lugar del otro, el carácter, los colores y las formas cambian. Y en Castilla también descubrimos que las ciudades tienen sus más y sus menos y que, en este caso, el paisaje no se describe con grandes elogios, porque solo las excepciones, o aquellos que han atravesado estos llanos al atardecer  y ven lo que la línea lejana del horizonte es capaz de hacer con el sol al caer rendido, hablan glorias de las llanuras secas.

Si se sigue desmenuzando el mapa, podemos encontrar diversidad de gustos y quehaceres y espacios y propiedades y etiquetas.

Juan Freire tras la Conversa.

Juan Freire tras la Conversa. LeleSorribas

Después de atravesar Galicia, parte de León y parte de Castilla llegué a Madrid para encontrarme con Juan Freire, que al día siguiente de mi visita, iba a hacer el viaje inverso y atravesar parte de Castilla, parte de León y Galicia. Juan Freire es biólogo, profesor universitario, emprendedor e investigador. Sus temas de pesquisa son la innovación social, la organización comunitaria, el procomún, la participación y derivado de todo ello, el modo de hacer ciudad.

Juan se ha pasado unos cuantos años de su vida atravesando este trozo de mapa, viviendo a caballo entre A Coruña y Madrid, ahora se ha mudado (ha llevado todos sus bártulos) a Madrid; parece que sin perder el gusto por la costa gallega, la capital le facilita ciertas cosas o le compensa la falta del mar, “cada persona tiene que buscar la ciudad que le sea más próxima a su ideal. Cuando hay movilidad la gente va seleccionando en función de sus preferencias y la ciudad configura una población adaptada a ese entorno.

Esa duda, entre ser de donde se nace o de donde se pace, se disipa, la movilidad, como dice Freire, lo justifica. No obstante, hay ciudadanos en las ciudades y son éstos, “los que están dentro de la ciudad, los que tienen más intereses y depende más su vida de lo que pasa en ese lugar, los que tienen que tomar decisiones de por dónde encauzarla”. La cuestión es que las ciudades no son solo la agregación de infraestructuras, sino que “la ciudad también es una serie de intangibles, la cultura, la comunidad, la producción”.

El problema de las decisiones que antes mencionábamos es cómo hacerlo, puesto que partimos de la base de que “las ciudades pertenecen a todos y no pertenecen a nadie”. Y al contrario de lo que se pensaba, “las ciudades son muy complejas y las decisiones tienen que tomarse con un conocimiento experto y de forma jerarquizada”, empezamos a “descubrir cómo la ciudadanía también es capaz de tomar decisiones, de proyectar la ciudad, de desarrollar acciones”, y para llegar a un acuerdo entre la posición anterior y la que resurge, la clave es negociar. “Me gusta pensar que habrá un espacio intermedio donde la gobernanza se pensará de otra manera, como una colaboración entre la parte de abajo y la parte de arriba, que a lo mejor ya no son partes de abajo y partes de arriba sino que se estructuran de otra manera.”

El tema clave o la cuestión fundamental en este desarrollo de nuevas formas de tomar decisiones y de configurar la ciudad es la comunidad que se conforma y le da sentido, “la ciudad, en el fondo, yo creo que surge por eso, surge como un espacio de encuentro en el que es más fácil implementar tus proyectos. Y para vivir, necesito desarrollar mi proyecto”. Las ciudades creativas propician que se generen espacios donde la realización de los proyectos tenga cabida o sean caldo de cultivo para desarrollarlos, la ciudades inteligentes también plantean una cuestión interesante, “aplicar la tecnología en el espacio urbano con una utilidad indudable”, pero ambas acepciones esconden la perversidad de que por los modos de tomar las decisiones actualmente, se conviertan en decisiones políticas. Se corre el riesgo (ya se ha hecho) de que las ciudades se conviertan en contenedores sin contenido.

Desde la aplicación de la capa tecnológica a la ciudad se atisban interesantes procesos, “empieza a haber una gobernanza de la ciudad que se produce, digamos, de forma autónoma por los ciudadanos. Esto no quiere decir que sea al margen de las instituciones, pues en algunos casos, las instituciones lo aceptan e incluso lo promueven”.

Se está recuperando cierta responsabilidad, antes funcionábamos “en un proceso en el que delegábamos nuestro poder y nuestra capacidad de decisión, y casi nuestra capacidad de innovación, porque nosotros elegíamos a quién tenía que innovar por nosotros y al que tenía que tomar las decisiones. Ahora tenemos la oportunidad incipiente de hacerlo de otra forma”.

El temor, por tanto, no es porque no haya oportunidades sino por cómo aprovecharlas, sin valorar ni siquiera que “la nueva realidad sea mejor o peor, pero hay una nueva realidad y hay gente que está inadaptada”. Aparecen en el mapa nuevos excluidos y “no son los que están fuera del sistema ahora o los que se han organizado siempre de manera autónoma”, sino que “los nuevos excluidos están empezando a ser las clases medias profesionales, que trabajan para una gran organización. Ese modelo de vida ya no tiene cabida, el mundo se está precarizando, la gran empresa ya no te da el soporte que tú pensabas que te daba, las estructuras familiares tampoco, somos mucho más móviles y las estructuras ya no son fijas. Hay gente que acepta eso y vive de esa manera, con esa incertidumbre. Hay otra gente a la que eso le supera y trata de paralizar el cambio y vivir dentro de una burbuja evitando que el cambio les afecte a ellos, y esa gente es la que lleva camino de convertirse en los nuevos excluidos”.

A final de cuentas, el momento en el que nos encontramos, con sus vaivenes e inseguridades, está proporcionándonos una vuelta a la comunidad, está despojando a las ciudades del maquillaje de marketing vacío y, aunque “el modelo convencional sigue ahí y el nuevo es muy experimental, cada vez capta más espacios y es más relevante en la vida urbana”.

Otra ventaja, después de todo, es que “las ciudades tienen muchas ciudades dentro, o sea, una ciudad no tiene por qué seguir un único modelo, tiene muchos modelos dentro, unos más intensos, otros más tranquilos, y cuando las ciudades son grandes, puedes encontrar cuál es el hábitat que a ti te guste más”. Algo así se puede percibir por cómo habla de los años que se pasó atravesando las llanuras, varias veces por semana, su ciudad era una sola aunque con dos lugares habitados, separados por más de 500 kilómetros.

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