menos es más

– es más, el buen consejo de un amigo diseñador.

Los espacios vacíos me creaban cierta sensación incómoda que durante tiempo achaqué a que no había mesa para recibir amigos. Después la sensación incómoda se trasladó al folio en blanco y en este caso, llegó a convertirse en el mismo temor que producen las amenazas. No exagero un pelo. Sé de buena tinta que el miedo al folio en blanco ataca a más de un escritor. Por otro lado, en estos tiempos de sobre información y sobre estímulos es casi natural que el vacío nos ponga en una situación parecida a la de los silencios incómodos.

Hablo en pasado porque ni el vacío, ni el blanco me producen malestar, lo he superado, y el remedio lo encontré maquetando.

No he estudiado diseño y lo que pueda saber de maquetar lo he aprendido de manera autodidacta, maquetando y aplicando los conocimientos de estética que me dio la fotografía. Me gusta, es una parte del trabajo de edición que me gusta, me ofrece una visión global de los artículos o escritos y de las fotografías, me permite esquematizar y estirar el índice, jugar con las piezas… me gusta.

Las primeras cosas que maqueté fueron unos boletines para la empresa en la que trabajaba, eran unos dípticos diarios con noticias de diferentes sectores económicos. En ellos no había ni un hueco en blanco, el margen era casi inexistente y abusaba del color para destacar. Se parecían un poco a los viejos periódicos en los que el papel era oro.Varios comentarios me dieron cuenta de lo difícil que resultaba leer aquel montón de palabras, así que fui haciendo pruebas, ampliando páginas, reduciendo texto, variando la periodicidad, cambiando los colores, modificando los márgenes. Y cuando me sentí cómoda, aunque no experta, a por la revista digital.

Una revista digital era un reto, los artículos se triplicaron y la extensión de éstos también aumentó. El número de páginas estimadas en el primer número me parecía una incógnita difícil de resolver y al llegar a la página 40 el miedo regresó a mí. En ese primer número apenas respeté los espacios vacíos, hicieron falta otros tres números (estoy trabajando en el cuarto) para que ese blanco, sin letra y sin imagen, se me vaya haciendo familiar.

No le voy a restar importancia al buen consejo de un amigo diseñador que además he colocado encima de la mesa de trabajo: Menos es más.

Y menos es más no solo para perderle el miedo al blanco, también para que el bombardeo continuo de información y estímulos no se hagan con el control.

Silencio.

 

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