El Monasterio de Tibães, en Braga, queda a nuestras espaldas. Mientras nos
vamos, pensando aún en las palabras del viajero Cadilhe, la imagen va
desapareciendo en el espejo retrovisor. LeleSorribas2012

Diez libros, cientos de crónicas y miles de kilómetros son motivos suficientes para querer escuchar de cerca de Gonçalo Cadilhe, escritor y periodista de viajes portugués. La posibilidad para conocerlo se dio el sábado 29 de septiembre en el Monasterio de Tibães, donde se impartían dos workshops, “Viajar por cuenta propia” y “Periodismo de viajes”, organizados por Terra Firme.

 
En la lectura detenida de sus artículos y de sus libros se deja descubrir el espíritu nómada de este escritor, que hace más de veinte años invirtió un premio de relato en un viaje a Sudáfrica, mientras sus compañeros de la facultad de gestión y administración de empresas le recomendaban invertir en acciones de tal o cual empresa. En esta lectura se aprenden también los modos y las formas en que se mueve el viajero, extranjero hasta en su casa (esta a notación es mía), con pasos solo perceptibles cuando ha abandonado el lugar.
 
Esto se descubre leyéndolo, escuchándolo se amplían los conocimientos y se profundiza en las reflexiones del viaje, del viajero, del movimiento y de contarlo.
Para Cadilhe el viaje se debe hacer solo. Viajar solo provoca situaciones que de otro modo no se darían: acercamientos, crecimiento, soledad, decisiones, autonomía. De ello, aprendió que cualquier situación, buena o mala (si se pueden dar esas categorías) te hace crecer, y además has de saber que “por muy inocente que te sientas por lo que te sucede (en un viaje), no lo eres, puesto que estás ahí por decisión propia. Eres tú quien decidió hacer el viaje.”
 
Cualquier viajero antes de hacer su maleta ha de haber guardado el objetivo que lo mueve, sea éste de la índole que sea, cultural, profesional, emocional, personal, deportivo, altruista, gastronómico. El objetivo será aquel que permita al trotamundos aprovechar al máximo su tiempo y su presupuesto, en el caso de un escritor de viajes, ambas cosas tienen valor de piedra preciosa. Esta premisa, como recomendación, fue repetida por Gonçalo Cadilhe a lo largo de sus exposiciones.
Otros temas, en los que quiso hacer hincapié, fueron “no os compliquéis la vida, ya está todo inventado, ya existen las guías de viaje, por tanto, usadlas para crear vuestros viajes”. A lo que añadió, “más importante que haber hecho un gran viaje es ser un buen contador de historias”.
Y ante todo, la pregunta fundamental del escritor debe ser formulada y respondida con humildad (palabra clave para el viajero también): ¿Por qué alguien querría leer sobre “esto”?
Esta pregunta le ha seguido por todas las fronteras que ha cruzado, ha dado la vuelta al mundo sin aviones, ha cruzado África de Sur a Norte por tierra, ha seguido los pasos de Magalhães, ha surcado sus doce olas favoritas, y la pregunta sigue colocándole humildad en lo que cuenta, aunque no le limita a la hora de escribir. En su primer libro, Planisfério Pessoal, le preocupaba el lector y en su relectura descubre cabos sueltos, sin embargo, el que ha cambiado ha sido el Gonçalo Cadilhe de ahora y no aquel, Gonçalo Cadilhe, joven, que lo escribió.
Con su último libro, Um lugar dentro de nós, cierra una trilogía (formada por 1 Km. de cada vez y Encontros Marcados) y cierra un periodo. Considera que ha agotado la forma de escritor de viajes, quiere y siente la necesidad de escribir sobre lo que le apetezca, con viaje o sin él. No obstante, tiene una deuda pendiente, todavía le queda un libro de viajes más, un libro sobre la peregrinación que ya está proyectado, pero que aún no se ha sentado ha redactar.
 
Y después de todos lo destinos visitados, siente la prisión genética tirándole de la manga, y admite que, para bien o para mal es portugués y se siente confortable en casa, en Figueira da Foz.
Los asistentes abandonaron el lugar con la libreta llena de ideas que poner en orden, con un espacio en blanco para el objetivo, con un autógrafo en la solapa de alguno de los libros de Cadilhe. Y en los retrovisores, el Monasterio de Tibães, que espera, otro día, ser protagonista.
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